Yo, que casi nunca voy al teatro porque me suelo aburrir soberanamente, cada vez que Rafael Álvarez “El Brujo “ viene a mi ciudad estoy ahí, esperando que otra noche más se produzca el milagro de trasmitirnos su magia, y no me falla nunca. Acaba la función y soy incapaz de describir lo que he visto, y ya no hay más teatro hasta la próxima vez que voy a ver este alquimista de las emociones con pelo de sabio distraído y maneras de trovador, quizá el último juglar que nos queda pata negra, un comediante de otra época que está fuera de todos los circuitos convencionales del marketing y del merchandising. Ahora que todo es vanguardia y alternativo, El Brujo es capaz de mantener mas de dos horas la atención del espectador recitando a Fray Luis de León o a Santa Teresa de Jesús mientras te cuenta su infancia en Andalucía con ecos de soleá. Verlo es como volver al Siglo de Oro, que a mi me sigue pareciendo sórdido, lúgubre y tenebroso…hasta que él aparece en escena. Los clásicos me parecen un coñazo que viv'ian sin vivir en ellos y estoy convencido de que El Quijote no se lo ha leído entero ni Miguel de de Cervantes. Yo tuve un amigo del colegio que con 15 años se leyó las Cartas Marruecas de Cadalso y La Ilustre Fregona y casi tienen que ingresarlo, o en un frenopático o un cotolengo, ahí no se ponían los médicos de acuerdo. Las secuelas que le quedaron fueron irreversibles y estuvieron sus padres a punto de declararlo incapaz.

Y a lo que voy, salio El Brujo al escenario y con él llegó la magia, pero poco después de comenzar la actuación alguien sentado cerca de mi distrajo la atención del comediante, emitiendo una serie de sonidos guturales y broncos, digamos que cuanto menos“llamativos e impropios en un teatro”. El actor hizo algún comentario sin saber ni de donde ni de quién venían las extrañas onomatopeyas, dijo que se había perdido, y continuó con la obra. El chico de unos 30 años mantuvo esa actitud durante el resto del espectáculo, emitiendo periódicamente una sinfonía gutural que los espectadores oían desde la perplejidad.

Lo que ni el actor ni mucha gente supo es que el muchacho era un discapacitado que llegó al teatro en un carrito eléctrico de minusválido, quizá tenía parálisis cerebral, y que tuvieron que sentarlo en su butaca entre tres personas. Su discapacidad le llevaba inevitablemente a emitir esos sonidos para auto – estimularse o para transmitir sus sensaciones, y yo, que lo tenía a dos palmos, me pasé toda la obra en tensión por ser consciente de la distracción y molestia que podía propalar al actor ajeno al estado del chico, que se contorsionaba para poder aplaudir a su Brujo, haciendo gestos extraños como forma de declararle su admiración, tensionando con denudado esfuerzo su maltrecho cuerpo cuando el publico aplaudía y denotando su cara una felicidad inmensa. Posiblemente fue el mejor espectador que tuvo ese día. Al terminar la función las mismas personas lo devolvieron a su carrito eléctrico que le esperaba fuera del patio de butacas mientras el publico desalojaba el teatro. Estoy seguro que esa noche el Brujo sin saberlo actuó solo para él y le transmitió más ganas de vivir. Que puta es la vida, nos quejamos de vicio.